25 febrero 2008

Opus Nigrum


Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano. Isaac Newton.
Por encima de la ingenuidad alquímica del siglo XVI, del intento pueril de transmutación de los metales en oro y de la inalcanzable búsqueda de la Piedra Filosofal nos encontramos con este viejo principio alquímico, Opus Nigrum, donde se formula la disolución de la materia, o lo que es lo mismo, el paso del mundo material al espiritual, de lo físico a la proclamación del reino del conocimiento y a la necesidad de cubrir el saber con un manto enciclopédico espeso y repelente de los no iniciados. Con este mismo nombre Margarite Yourcenar titula uno de sus libros, no se si antes de interesarse por su ingreso en la Gran Logia Femenina de Francia o después, pero el caso es que subyace en la escritora un interés profundo en la materia oculta, mucho más cuando ella misma reconoce que el libro está compuesto de distintos escritos repartidos a lo largo del tiempo, de una secreta afinidad a estos temas a lo largo de los años. En el libro, el médico alquimista protagonista reconoce que en sus escritos y en muchos textos de todas las épocas, se ocultan bajo el traje de la apariencia, verdades ocultas apenas veladas, descompuestas en la forma y la métrica de tratados y poemas, metales repartidos en los textos esperando al alquimista que los sepa mezclar y extraer el jugo de sus principios. La llave o la clave que abra las puertas de esos reinos escondidos entre la vegetación quizás se perdieron en el tiempo, o a lo mejor, se guarda celosamente por guardianes del conocimiento. Que más da, el saber profundo, el que está más allá de las letras, de las fórmulas y de los teoremas, nunca nos será velado porque el secreto no es moneda de curso normal y mucho menos popular. A los mortales nos queda la imaginación y la fantasía para engañar al hambre que llevamos dentro.

28 noviembre 2007

Viaje a Ninguna Parte


Cuando partas hacia Ítaca
pide que tu camino sea largo
y rico en aventuras y conocimiento.
A Lestrigones, Cíclopes
y furioso Poseidón no temas,
en tu camino no los encontrarás
mientras en alto mantengas tu pensamiento,
mientras una extraña sensación
invada tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones, Cíclopes
y fiero Poseidón no encontrarás
si no los llevas en tu alma,
si no es tu alma que ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que muchas mañanas de verano hayan en tu ruta
cuando con placer, con alegría
arribes a puertos nunca vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finos objetos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
sensuales perfumes, -tantos como puedas-
y visita numerosas ciudades egipcias
para aprender de sus sabios.
Lleva a Ítaca siempre en tu pensamiento,
llegar a ella es tu destino.
No apresures el viaje,
mejor que dure muchos años
y viejo seas cuando a ella llegues,
rico con lo que has ganado en el camino
sin esperar que Itaca te recompense.
A Itaca debes el maravilloso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino
y ahora nada tiene para ofrecerte.
Si pobre la encuentras, Itaca no te engañó.
Hoy que eres sabio, y en experiencias rico,
comprendes qué significan las Itacas.
Kostandino Kavafis (1863-1933).

29 septiembre 2007

Un Lugar en el Mundo

¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Y qué es actuar bien, sino mentir convenciendo?
Sir Laurence Olivier.

Desconocía la brillante trayectoria de este actor el día que lo vi por primera vez en la pantalla. Al igual que un viejo profesor, que sin saber por qué, un buen día se asoma a nuestra memoria y nos evoca con nostalgia los tiempos que ya se fueron, el rostro de Federico Luppi, era también sin yo saberlo, familiar y presente, como el de un amigo del pasado que no se olvida a pesar de los años de ausencia. Cabellos de sabio y voz de oráculo, tosco y seco como la puta vida, podría con sólo mirar a la pantalla, mostrar el secreto de la existencia. Muchas veces imaginé que tomábamos café y copa en largas tertulias maldiciendo al mundo, y como diría el “A la madre que los parió”. Utópico sin ilusión y sabiendo a ciencia cierta que la vida no está hecha para los sueños; deja al final de cada expresión, una posibilidad de esperanza tenue y apenas perceptible,
recordándonos que a pesar de las miserias aún hay espacio para la magia. Federico es uno de los últimos señores de la pantalla que nos saluda antes y después de cada función, y a buen seguro que sería caballero del Imperio Británico si hubiera tenido la mala suerte de nacer bajo el faldón de la Reina Madre. Sin embargo, con una lección maestra e indeleble nos recuerda que sin remedio,todos tenemos Un Lugar en el Mundo.
Federico…un amigo.

21 septiembre 2007

Las Matemáticas y la Bestia


Lo que que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para hacer los milagros de una sola cosa. Hermes Trimegisto.
Debo reconocer que las Matemáticas siempre fueron para mí uno de los monstruos más temibles que acosaron sin piedad a mi niñez. Sin embargo, analizando en el tiempo este pánico y a la vez una secreta afinidad a aquel mundo iniciático y desconocido, lamento no haberme adentrado en sus fundamentos universales y en sus juegos subliminales. Con una técnica amanuense envidiable copiaba abstracciones incomprensibles y formulas alquímicas inefables en la chuleta de examen, sin preocuparme en intentar desentrañar aquellos jeroglíficos de números y símbolos de otro mundo. Los nombres de personajes como Pitágoras, Arquímedes, Tales o Fibonacci retumbaron en mi mente durante muchos años como los auténticos culpables de mi inapelable fracaso escolar y de mi temblor corporal al tener cerca algunos de sus inexplicables teoremas plasmados en una pizarra. Muy lejos en el tiempo de aquellos miedos pueriles, me adentro con respeto en el templo que en otros tiempos no me atreví a asomarme y contemplo un mundo mágico e intrigante que invita a recorrer sus galerías como un visitante neófito en un museo que comienza a descubrir en la pintura los detalles que antes no supo observar . Algo es algo. Desde luego que sigo siendo un inútil en la resolución de problemas y ecuaciones intrincadas, pero ahora me divierte leer algo de su historia y la traducción de su secretos a una prosa inteligible. La Pirámide de Zoroastro, el número Pi, la Proporción Aúrea, la Ley de la Palanca o los conceptos de deriva de Newton son para mi, más que teoremas, enunciados de obras herméticas inconfesables. Ahora comprendo que el mundo físico no es más que un vestido que cubre el bello cuerpo de los números, el cuerpo que explica la verdad y el origen de todas las cosas. Son muchas las referencias numéricas que encontramos en los textos del pasado que tuvieron alguna relevancia para la Historia y la Civilización, hasta la traducción del nombre de la Bestia, como todos sabemos, tiene su igual en los números. Los números son el andamio de las cosas, que sustentan su estructura y explican su composición y comportamiento futuro. El que conoce el número conoce mundo, por ello Wallis que realizó una edición de las Obras de Arquímedes, publicada en Oxford en 1676, escribía: "Al parecer Arquímedes ocultó adrede las huellas de su investigación, como si hubiera sepultado para la posteridad el secreto de su método de investigación".

11 abril 2007

Estambul y la melancolía


No hay melancolía sin memoria ni memoria sin melancolía. Marcel Proust.
Nunca viajé a Estambul y tampoco podría explicar la singularidad que me arrastra a llegar algún día a conocer sus rostro. Ciudad frontera entre dos mundos y dos concepciones de la vida diferentes, se encuentra atrapada frente al espejo de dos decadencias sin posibilidades de salvación; la de Occidente y la del lejano esplendor de Oriente que fijó en ella el centro del mundo conocido. En su coqueteo con el estrecho del Bósforo y el Mar de Marmara, Estambul me seduce porque es allí donde más cerca se puede contemplar el pasado inalcanzable, que nunca volverá, como un tren que vemos alejarse en la última curva antes de que se pierda para siempre y nos deje sus huellas sobre los railes y el silencio del campo que nos rodea. Me quedo con la Estambul de la Historia, aquella que existía antes del sueño moderno de su fundador Ataturk, con sus Califatos, su esplendor romano, su capitalidad bizantina y la que se cofeccionó a capricho de Constantino. Los habitantes de Estambul, atrapados en un doble juego de personalidad incompatible, oriental de un lado y occidental de otro, quizás estén sumergidos en esa melancolía propia de aquellos que perdieron un origen claramente localizable. Por ella, como por la mayoría de las ciudades importantes del mundo que nos vió nacer, han pasado diversas culturas que han ido moldeando con sus nombres la ciudad que conocemos hoy; Bizancio, Nueva Roma, Constantinopla y Estambul por último, es una prueba más de que esa urbe es el producto del sueño de todo aquel que llegó a sus orillas.
Orhan Pamuk, reciente premio Nobel de Literatura y vinculado sentimentalmente a Estambul, la ciudad de su juventud, nos dice en su último libro Estambul, ciudad y recuerdos: “Llega un momento en que, mires donde mires, la sensación de amargura se hace tan patente en la gente y en los paisajes como la bruma que comienza a moverse poco a poco en las aguas del Bósforo las frías noches de invierno cuando de repente sale el sol”.